jueves, 4 de agosto de 2016

COLOMBIA EN EL QUINTO INFIERNO POR INFLACIÓN Y HAMBRE PRODUCTO DE LA POLÍTICA NEOLIBERAL DE SANTOS

Colombia en el quinto infierno

LIBARDO SARMIENTO ANZOLA
desdeabajo.info

Como el ibuprofeno, las coyunturas le sirven al Gobierno para todo, en esta oportunidad para descargar su responsabilidad en terceros. Ahora resulta que la disparada en los precios de los alimentos es por culpa de un “choque” de oferta, “exceso” de demanda, factores climáticos o del paro de los camioneros, pero hay determinantes estructurales de tipo político-económico y de posición dominante en el mercado (monopólica) que lo desmienten.
“El hambre y el amor
constituyen el germen de toda
la historia humana” (Buda)

El precio de los alimentos está por las nubes. Cada día, como si fuera novedad, la queja por esta realidad es lugar común en todas las conversaciones populares. No es para menos, hace unos 28 años (una generación atrás) un huevo costaba 18 pesos, hoy cobran hasta 400 y más por el mismo.

Para salirle al paso a esta realidad, y echando mano de lo primero que encuentra –para no aceptar su culpabilidad– el Gobierno ahora dice que la responsabilidad por la disparada alcista es de los camioneros y su paro; hace unos meses decía que la culpa era del Fenómeno del Niño, y antes la descargaba en la devaluación del peso.

Nada más falso. El alza en los precios de los bienes y servicios que consumen los hogares (inflación) no es un fenómeno natural como la lluvia o la hierba que crece de forma espontánea en los campos y jardines; lo cierto es que las razones de esta realidad que afecta de manera dura la mesa de quienes menos ingresos tienen, es un fenómeno político-económico. “La mesa del pobre es escaza y el lecho de la miseria es fecundo”.

Hay que resaltar, además, que la inflación que de manera general dicen que creció 6 por ciento, 6,5 o más, engloba un sinnúmero de componentes, dentro del cual está la canasta básica familiar (CBF), la cual, si la detallamos por separado, constatamos que durante los últimos doce meses creció hasta un 14,3 por ciento. Es decir, la comida y otros bienes indispensables para sobrevivir de manera más o menos digna, es el factor que más afecta, hoy por hoy, el bolsillo de quienes menos tienen. Es decir, no estamos ante un fenómeno cualquiera, estamos ante una realidad que determina la calidad de vida de millones de personas, y hasta su misma muerte. El hambre sin satisfacer no cubre las necesidades fundamentales del organismo y precisamente ello produce graves accidentes en la salud.

Fenómeno que no es de ahora. Durante lo corrido del siglo XXI, el alza en los precios de los alimento tiende a ser más acelerado que el conjunto de los demás bienes que integran la canasta básica familiar (gráfico 1). De ahí que las explicaciones dadas por el Gobierno acusando del aumento de la inflación al cambio climático, al paro camionero, e incluso a la devaluación, sólo buscan ocultar una realidad: el alza abusiva y arbitraria de los precios por parte de los empresarios, clase política y de la burocracia estatal (impuestos y servicios administrados) debido al control monopólico que tienen sobre los bienes y servicios esenciales para la supervivencia humana y que les otorga el poder de exprimir a los consumidores y extraerles recursos monetarios adicionales a los que arrancan mediante la explotación laboral (gráfico 2).

El poder es para poder, y para abusar. El aumento en la inflación es un robo por parte de la tenaza Estado-capital al extraerle a los consumidores dinero de su bolsillo mediante las jugadas especulativas (aumento de impuestos sobre el consumo –IVA–, acaparamiento y arbitrariedad en la fijación del precio de los bienes básicos). En nuestro país los consumidores pagamos el 16 por ciento en impuestos sobre cualquier compra de alimentos que realicemos; no satisfechos con ello, el Gobierno y la clase política tienen anunciado que con la próxima reforma tributaria este impuesto se elevará al 19 por ciento.


Para sorpresa por su sinceridad temporal, según lo denunciado a principio del año 2016 por parte del propio ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri, los altos precios de los alimentos responden a la cadena de intermediarios entre el agricultor y el consumidor final, de ahí la diferencia entre las grandes centrales de abastos y los supermercados; además, agregó que la diferencia en los precios de los alimentos entre las centrales de abastos y las grandes superficies del comercio, en algunos casos, superan el 250 por ciento, por tanto, pidió la intervención de la Superintendencia de Industria y Comercio, SIC, para revisar el incremento en el precio de los alimentos y la competencia entre supermercados y centrales de abastos, pues aseguró que se trata de “un tema imperfecto en el país”. Reclamos y reconocimiento que ahí quedaron, como unas palabras más, pues lo precios continúan al alza. En lo corrido del año, los precios de los bienes básicos que venden en los grandes supermercados, y de los servicios domiciliares administrados por el Estado (agua, alcantarillado, basuras, luz, gas), han aumentado entre un 20 y cuarenta por ciento.

La actividad especulativa, a la vez que condena a los sectores más excluidos de la sociedad a padecer hambre, sometiéndolos a una vida indigna, da lugar a movimientos anormales de precios no asimilables a fenómenos económicos reales de la esfera de la producción, la circulación o el consumo. La especulación se ejercita sobre la base de variaciones provocadas artificialmente; las diferencias artificiales en los precios se determinan por medio de acaparamientos y difusión de noticias falsas. Estas acciones repercuten, generalmente, en un aumento de la indigencia, de la incertidumbre y del riesgo presentes en la vida económica, y, específicamente, en pérdidas para los pequeños empresarios, los asalariados y los sectores populares. Y todo el país pierde debido a que el hambre repercute en la caída de la productividad de la fuerza de trabajo y en bajo rendimiento escolar de los estudiantes. Albert Sarraut llamaba esta realidad como el “círculo infernal” del hambre: “el ser humano no come lo suficiente porque no produce bastante, pero no trabaja más porque no puede comer lo necesario”.

Adicionalmente, habría que señalar el efecto de las “extremas” en Colombia en su locura por la guerra que ha obligado a los agricultores a abandonar la producción de alimentos y a las poblaciones a desplazarse por el conflicto armado interno. Según el registro único de víctimas (Presidencia de la República) el botín despojado por las derechas, durante los últimos cincuenta años, es de más de 4.2 millones de hectáreas, lo que en adición deja a cerca de 6.5 millones de campesinos desplazados y sin tierra. Fenómeno que contribuye, en conjunto, a la menor producción de alimentos, al aumento de la inflación y a profundizar el flagelo del hambre.

En conjunto, el influjo de la inflación es desfavorable sobre toda la economía del país, pues ésta da origen, de manera simultánea, a un crecimiento rápido, incesante y sumamente desigual de los precios de las mercancías. Así surgen grandes diferencias de rentabilidad en las distintas ramas de actividad económica, lo cual estimula el desarrollo de una economía especulativa y provoca un descenso de las actividades productivas “reales”. La clase más afectada por la inflación es la trabajadora, cuyo salario real baja sensiblemente debido al aumento de los precios de los bienes y servicios que integran la canasta básica familiar.

El índice de la inflación

El Índice de Precios al Consumidor (IPC), según el Dane, es un número sobre el cual se acumulan a partir de un periodo base las variaciones promedio de los precios de los bienes y servicios consumidos por los hogares de un país, durante un periodo de tiempo. De manera más compleja se trata del indicador de la inflación más conocido, y se constituye en un indicador de carácter coyuntural sobre el comportamiento de los precios minoristas de un país. Técnicamente el IPC es un índice de canasta fija, correspondiente a un periodo base en el tiempo, construido sobre una variante de los índices tipo Laspeyres, que permite una actualización más rápida de la canasta para seguimiento de precios, según evolucione o cambie el gasto de consumo de los hogares de un país.

Un número índice es un relativo porcentual por medio del cual se expresa una medición en un período dado como una relación en un período base designado. Las mediciones pueden relacionarse con cantidad, precio o valor. El índice de precios al consumidor es el más ampliamente conocido de los índices, en razón de su uso como indicador del costo de vida. En Colombia lo publica mensualmente el Dane; el año base es 2008. El IPC es indicativo de precios relativos comparados con el año base.

La variación del último año por ciudades

Las ciudades que registraron variaciones por encima de la inflación promedio nacional (8,6%) fueron: Cúcuta (10,1%); Pasto (9,6%); Cali (9,5%); Florencia (9,1%); Riohacha (9,0%); Sincelejo (8,9%); Bogotá D.C. (8,7%); Manizales (8,7%); Villavicencio (8,6%) y Armenia (8,6%). Por debajo del promedio se situaron: Ibagué (8,6%); Popayán (8,6%); San Andrés (8,5%); Montería (8,3%); Tunja (8,3%); Bucaramanga (8,3%); Valledupar (8,2%); Neiva (8,2%); Medellín (8,2%); Santa Marta (8,1%); Cartagena (7,9%); Pereira (7,8%); Barranquilla (7,8%) y Quibdó (5,8%).

IPC e índice acumulado de los precios 1988-2016

Parece ficción pero así es. Durante el período 1988-2016, los precios globales de los bienes de consumo familiar en Colombia se han multiplicado en 21 veces y el de los alimentos, en particular, 22 veces más (en términos porcentuales 2.073 y 2.192 por ciento, respectivamente). Así, por ejemplo, el precio actual de un huevo es equivalente a 400 pesos, 28 años atrás le cobraban al consumidor por el mismo huevo 18 pesos.

Cuatro situaciones diferenciales ocurren durante este intervalo de tiempo: i) alta inflación (por encima de dos dígitos), en los años 1988-1998; ii) reducción de la inflación anual de 9,2 a 2,0 entre 1999 y 2009, iii) nueva escalada de los precios entre 2010 y 2016 hasta alcanzar el 8,6 por ciento de inflación en junio de 2016; iv) Los alimentos registran un alza en sus precios más acelerada que el resto de grupos de gasto: en 2015 aumentaron en 10,9 por ciento y en lo corrido de 2016 en 14,3 por ciento (gráfico 1) .

Al finalizar la década de 2000, en promedio el alza en los bienes de la canasta básica ha sido más alta para los grupos de ingresos bajos, causado por el incremento en los precios de la canasta de alimentos y en los bienes y servicios controlados por el Gobierno. Para los grupos de los excluidos o pobres, la situación es más desfavorable dado que dedican, proporcionalmente, un porcentaje mayor de sus ingresos a la compra de alimentos respecto a los grupos pudientes o ricos. Según los estudios de pobreza del Dane, a nivel nacional los grupos sociales de bajo nivel socio-económico destinan el 46 por ciento de sus ingresos a la compra de alimentos. A mayores ingresos no aumenta proporcionalmente el consumo de alimentos (aunque puede variar la calidad de los mismos): el consumo alimenticio es inelástico por razones naturales evidentes: un ser humano no puede tener más de un estómago, como las vacas, y el más rico no requiere comer mucho más que el más pobre.

Como resultado del alza en el precio de los alimentos, y para poder sobrevivir así sea en precarias condiciones, los grupos sociales de bajos ingresos disminuyen la compra de bienes que contienen proteínas animales (leche, queso, carnes y huevos) por ser los más costosos. El problema es que, entre los principios nutritivos, son los más indispensables. El consumo se desplaza hacia las harinas, las grasas y los azucares, de menor precio; saciar la sensación de hambre no es lo mismo que nutrirse. Al mantenerse la subalimentación van apareciendo los síntomas gravísimos de la desnutrición. En los sujetos desnutridos gravemente, cualquier infección que aparezca precipita el fatal desenlace. En definitiva, es el “hambre específica” de proteínas animales la más significativa de las carencias que sufren las clases y los pueblos pobres. El hambre es el más viejo enemigo de la humanidad.

Variación de la Canasta Básica Familiar

Los bienes y servicios que componen la canasta familiar cambian en el tiempo de acuerdo con la evolución del consumo de los hogares, los desarrollos tecnológicos y las transformaciones culturales. La Canasta Básica Familiar –CBF– definida por el Dane para el año 2000 quedó compuesta por 405 artículos, los cuales se agregaron en 176 nuevos productos respecto a la CBF de finales del siglo XX. Como punto de referencia anterior (IPC-60) estaba compuesto por 195 productos. Actualmente la CBF contiene cerca de 520 bienes y servicios. La información básica para construir la canasta se obtiene a partir de una encuesta especializada que aplica con regularidad el Dane, denominada Encuesta de Ingresos y Gastos (EIG); la cual ha sido aplicada por este órgano del Estado en 1970, 1984-1985, 1994-1995, 2006 y 2007. La clasificación adoptada por el Dane comprende nueve grupos de gasto de los hogares: Alimentos, Vivienda, Vestuario, Salud, Educación, Cultura, Diversión y Esparcimiento, Transporte, Comunicaciones y Otros gastos. 

La inflación junio 2015-2016

En los últimos doce meses dos grupos se ubican por encima del promedio nacional (8,6%): alimentos (14,3%) y otros gastos (8,8%). El resto de los grupos de gastos se ubicaron por debajo del promedio: salud (7,7%); vivienda (6,5%); educación (6,4%); transporte (5,9%); diversión (5,7%); vestuario (4,6%) y comunicaciones (3,6%).

En resumen, la presión para que la inflación anual haya llegado al mayor nivel en 16 años y medio va, pues, más allá de los alimentos. Entre los productos que más han encarecido el total de la CBF, por su encarecimiento del último año y, además, el peso que tienen en el gasto de las familias, junto a algunos alimentos hay otros relacionados con la vivienda y hasta la diversión (gráfico 2).

Es así como la variación de los gastos básicos que más aportaron: almuerzo (8,0%); arrendamiento imputado (4,2%); vehículos (12,7%); energía eléctrica (13,7%); res (18,7%); papa (65,7%); arrendamiento efectivo (4,2%); otras frutas frescas (35,6%); gas (19,7%) y bus (8,7%).

De acuerdo con uno de los codirectores del Banco de la República, Gustavo Cano, es difícil que se logre, al final de este año, una inflación inferior al 7 por ciento, y subraya el riesgo de que en el 2017 se completen tres años seguidos sin cumplir la meta fijada por la autoridad monetaria, a pesar de las continuas alzas en las tasas de interés que han fijado para “frenar” la demanda.

Inflación, realidad estructural y no circunstancial. Con su evolución se constata que Colombia es un país que sigue al píe de la letra la sentencia expresada por Carlos Marx en el siglo XIX: “El sistema capitalista no desarrolla la técnica ni los procesos de producción social si no es secando al mismo tiempo las dos fuentes de las que brota toda riqueza: la tierra y el ser humano”.

http://www.desdeabajo.info/ediciones/item/29373-colombia-en-el-quinto-infierno.html

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